martes, 3 de julio de 2007

Pero...¿Existe realmente la magia?


Pero... ¿Existe realmente la magia?
En el siguiente relato estoy seguro que encontrarás la respuesta:

EL MÁGICO BESO DE UN NIÑO
Por RUTH FERNÁNDEZ 18-01-2004
Diario Galicia Hoxe
Un relato real con gran contenido humano y psicológico que merece que leas hasta el final.

Con motivo de la celebración de la II Semana Internacional de Magia de Lugo me referí en este espacio al fenómeno vivido por la ciudad romana durante unos días en los que la ilusión llegó a lo mas profundo de nuestro corazón, dejando un poso agradable que nos acompañará hasta el próximo Lugo Máxico y que podrá revivirse en las apariciones esporádicas de los magos. Así, en la pasada Navidad, además de la emisión por la TVG grabada en Lugo aquella semana, los centros socioculturales contaron con espectáculos de magia para la diversión de pequeños y mayores.

Quisiera recordar hoy un acontecimiento que tuvo lugar en la II Semana Mágica. Fuimos muchos los que vivimos con especial atención cada actuación de los magos: Luis de Matos, Anthony Blake, Teto, Rafa, Sasha, David...pero ese sentimiento fue sentido de manera especial y diferente por lo menos en un caso concreto del que tuve noticia finalizada aquella semana. Los protagonistas de la historia fueron un niño de un colegio de la ciudad de Lugo y el Mago-Mimo Anyo, de Ourense.

Y digo que fue una vivencia atípica porque el niño, un chabal de unos nueve años, después de que la directora del centro le explicara con fotos e ilustraciones lo que hacían los magos durante los días previos a la actuación, no estaba demasiado entusiasmado con la idea. “El mismo día tuve que animarlo a bajar al salón de actos para que se juntara con los damas niños y pudiera disfrutar con ellos del espectáculo”. Pero rechazó la propuesta de ir con el resto de compañeros a la cita mágica y una vez que bajó del aula, permaneció en la oscuridad de un cuarto situado junto al salón de actos, al lado de su maestra, para observar desde la distancia la actuación del mago, todo ello con la puerta semiabierta.

Allí, delante de sus ojos y delante de todos los niños, apareció el mago Anyo. Maqueado y vistiendo un frac negro y con sus gestos característicos, el mago entró en la escena para hacer todo tipo de juegos adaptados al público asistente. Mientras duró el espectáculo el niño debió experimentar una sensación de placer, de gusto por lo que entraba a través de sus pupilas que no hacía sospechar su reacción final, pero que se tradujo en su progresivo cambio de situación con respecto a la escena.

A medida que avanzaba el espectáculo el niño entró en el salón de actos y se sentó lejos de la escena, al final de la sala, apartado y guardando una considerable distancia. Poco a poco se fue acercando al escenario para disfrutar como nadie de la presencia del mago en el colegio. Para sorpresa del mago-mimo Anyo, al final de su show, que se prolongó más de lo esperado, al ser reclamado por el público infantil pidiéndole que hiciera más y más trucos de magia, ya cuando se encontraba en el camerino con su ayudante, llamaron a la puerta: Toc, toc.

¿Y quién era? La ayudante del mago entreabrió la puerta y se encontró detrás de ella a un niño que estaba acompañado de su profesora, la cual dijo al mago que ese niño quería saludarlo y darle un beso. Nada menos que eso. En un abrir de ojos el niño soltó la mano de la profesora y se dirigió al artista con cierta decisión para cumplir tal cometido, sin atender a la advertencia humoristica del mago de que lo podía manchar al tener la cara maquillada. Así le dejó un beso en la mejilla y un recuerdo imborrable. Luego se marchó, con la cabeza baja para refugiarse de nuevo al lado de su maestra y dejar el camerino cargado, si cabe, de más magia. Cuenta el mago Anyo que la profesora le dio a entender que ya podía estar bien satisfecho aquel día, puesto que acababa de conseguir algo realmente maravilloso con su espectáculo ya que, tratándose de un niño autista, su petición de un beso suponía ser algo insólito.

Un beso quizás como la mejor expresión para darle las gracias por su espectáculo y al mismo tiempo para demostrarle su admiración. Hay que tener en cuenta que los niños autistas se caracterizan por ser muy introvertidos y por no comunicarse ni con la familia más próxima. Tal como afirma el mago Anyo, tal vez la explicación a esta vivencia extraordinaria la hay que buscar en la labor de los maestros que trabajan a menudo con estos niños, al igual que la entrega de los padres que luchan día a día también para superar los problemas de esta situación, pero también en la propia personalidad escénica del mago-mimo de absoluto silencio mímico y que fue quizás lo que mejor sintonizó con este niño.

De esta manera uno puede comprobar que la magia realmente existe, existió para aquel niño dibujándole una sonrisa y haciendo capaz de expresar sus sentimientos ocultos hacia al autor de los prodigios que acababa de presenciar. También el mago Anyo llevará guardado en el recuerdo de esta historia tan especial que, como él dice, hace que se sienta más orgulloso de su profesión y más contento con el trabajo de ilusión que lleva a cabo en cada salida a escena.

18-01-2004